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El enterrado muerto en vida
 El reloj ha sonado temprano. Media hora antes de lo normal. Su vista ya no es la misma, se ha equivocado a la hora de programar el despertador. Se levanta y se asea un poco. Se mira en el espejo. Las arrugas no mienten, 80 años de vida y 60 de trabajo continuo. Él no tiene días de descanso, la muerte es así de caprichosa. Con su mano derecha temblorosa busca en vano sus gafas de cerca. No las encuentra y le entran ganas de llorar, no ve nada. Es muy viejo, está cansado y quiere morir. Descansar en paz. Cuántas veces había leído esa frase…

      En el autobús se ha equivocado con las monedas y además se ha dado un golpe con un asiento. Sus reflejos no son los mismos de antes. Baja como puede del autobús e inicia el descenso de las escaleras hacia su lugar de trabajo: el camposanto. Aún puede oír el susurro de las ramas de olivo, oler las rosas, los crisantemos y los claveles. Es lo bueno de trabajar ahí, el silencio y el olor te estimulan esos sentidos.

      Se encuentra con su nuevo ayudante, un joven mozo de unos 20 años, la misma edad con la que empezó a trabajar él ahí. Sabe por qué está ahí, quieren echarlo. Él no está enfadado, al revés, quiere acabar con todo y morir tranquilo. Pero esas voces no le dejan. Voces, voces, voces, voces. Las escucha a todas horas, no puede vivir sin ellas. Son personas muertas las que le hablan. Le alaban, le dicen que hace un buen trabajo… y que por eso no puede morir.

      Cuando intentó cortarse las venas, esa niña pequeña muerta en un accidente de tráfico se le apareció y le quitó la cuchilla. Sin hablar, lo miró con esos ojos negros tan penetrantes debajo de su cráneo destrozado y lo besó en la frente, tocándolo con su único brazo sano el pelo cano. Lo mismo pasó cuando se intentó pegar un tiro. Tenía ya el cañón en la sien. Iba a cerrar los ojos y apretar el gatillo cuando miró hacia el espejo y ahí estaba su padre. Mirándolo serenamente. Disparó y la bala se encasquilló.

      No puede morir, no lo dejan. Al contrario de todos los cristianos, es la Muerte y no

      Dios quien tiene un plan para él. ¡Que hijos de puta! Seguro que allá arriba harán cambios de alma y redireccionan a su antojo vidas de personas que ni siquiera han nacido.
      
      El joven mozo el comunica que hay un par de muertos para enterrar. Cada uno se encargará de un muerto. El proceso es monótono pero cuando va a colocar el ataúd suenan dentro algunos ruidos, como si alguien llamase a la puerta con la mano. Antonio, acostumbrado, abrió el ataúd y el muerto le dijo:
      
      -Sigue así, Antonio. Te necesitamos. Lo sabes, ¿verdad? Todos te queremos, Antonio, todos añoramos tu llegada. Tienes un sitio especial reservado en el Infierno.

      Antonio lo tenía asumido, no podía ni debía morir.
Categoría: Terror | Ha añadido: fran_balerma (2011-03-23)
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